martes, 22 de junio de 2010

POEMAS MÍOS : TANKAS




Quiere ser música
y quiere ser palabra.
Acaso voz.
El poema es temblor.
Y caricia. Y latido.


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Sueña el velero
su nostalgia de viento
junto a la arena.
El sol de media tarde
va quebrando sus alas.


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Lluvia de junio
desborda en azoteas
y en corazones.
En los perros sin amo.
Y en mis ojos sin ti.


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Así tus manos.
Como pájaros, leves,
como liturgia.
Sobre mis labios, vino.
Sobre mi cuerpo, seda.


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Maderas. Ropas...
Hay restos de naufragio
sobre la playa.
Y hay un temblor de tiempo
perdiéndose en el mar.


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Gotas de jazz
se cuelgan en las olas
de la bahía.
Azules las distancias.
Azul la inmensidad...

martes, 15 de junio de 2010

TESELAS COLOR ESCARLATA




Paseo Nuevo. Un banco.
Tu sonrisa.
La tarde se ha dormido
sosegada y azul.

Los ojos se me escapan
mar adentro
persiguiendo una vela...

Y a mi lado estás tú.


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Estábamos.
Tú leías un libro. Yo escribía.
Sonaba una guitarra.

Brillo de sol lujoso,
naranjísimo,
moría en la ventana.

Estábamos.
Era dulce el silencio. Y la certeza
de sentirnos tan enamorados.


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Voy a tu encuentro. Sigo
una ruta de estrellas
y de pájaros

- impaciencia de ti -
Hay luces en los charcos.

La noche se demora...
El autobús azul
abre sus hojas.


                                                

miércoles, 9 de junio de 2010

MIS POEMAS : PAMPA Y JACARANDÁ




*

Llueven flores celestes
en la vereda
que ronda la casa.

Parecen besos
de papel de seda
formando ideogramas,
que el viento
como un brujo,
se encarga de borrar.

Son las flores
de mi jacarandá.

Bajo su inmensa copa
la noche de la pampa
se adormece...

Sueña tiempos pasados:

Tiempos de arreo y doma,
de indios y de gauchos.
Música de baguala
y de guitarra.
Y de canciones
con su particular filosofía:

... "las penas y las vaquitas
se van
por la misma senda"...

Pampa. Jacarandá
Nos vemos?

* (inspirado en una canción infantil argentina)

domingo, 6 de junio de 2010

EL RELATO DEL MES : GRIS



Una bruma gris, espesa, se descolgaba de los árboles, borrando sus contornos y barnizando plantas y flores de brillante humedad.

Siempre me han asustado los análisis - que me saquen sangre y esas cosas - y un día así, no contribuía a mejorar mi ánimo, un tanto abatido.

Ya en la carretera, las luces del coche se alargaban en la niebla que mojaba el asfalto. Los limpiaparabrisas a intervalos, barrían con decisión la humedad que se obstinaba en pegarse a las lunas, haciendo casi nula la visibilidad. La ciudad se iba poniendo en marcha entre ruidos de frenos, bocinas y pasos acelerados.

La radio anunciaba las noticias de las ocho, cuando llegué a la clínica. A la entrada los macizos de begonias rojas, sobre una alfombra verde, pusieron una nota de color en mi espíritu, envuelto totalmente en gris.

La sala de espera confortable. Grandes sillones de pino dorado y juego de mesitas de cristal negro donde se amontonaban revistas y periódicos, se alineaban contra las paredes pintadas de gris. Bonitos cuadros de nuestra bonita ciudad. pero por el ventanal, solamente un cielo gris plomizo, sobre tejados de pizarra gris... Unicamente la copa de varios árboles del patio del fondo, pintaban manchas verdes, en tanta monotonía.

A mi lado dos jovencísimas, comentaban las fotos e imágenes a todo color, de famosos de turno y un señor mayor ojeaba el Diario Vasco.

Sacudí mi tedio y me dejé enredar en las ondas del hilo musical, que traía en ese momento la melodía "Cuando salí de La Habana". Evoqué el ya lejano viaje a Cuba. La memoria actualizó imágenes de esa bella isla y de la sencillez y espiritualidad de sus gentes. Luego disfruté con música de jazz y después seguí el ritmo de un bolero que lamentaba ausencias...

Un par de personas entraron en la sala. Él muy mayor, muy alto, bastante encorvado, llevaba un traje negro impecable.Alrededor de su cuello, destacaba la tirilla blanca que indica la pertenencia a una orden religiosa. La mujer, muy parecida físicamente a él , mucho más joven, lo ayudó a sentarse. Y allí quedó, inmóvil, con sus largas piernas, la espalda vencida, apoyadas las dos manos en un largo bastón con empuñadura plateada... Sus enormes zapatos, un cuarenta y cinco? brillaban a la tenue luz de la lámpara.
Pero lo que más llamaba la atención era la sonrisa que ocupaba toda su cara. Era una sonrisa imperturbable, permanente, como si llevara puesta una máscara...

Miré el reloj, que marcaba las ocho treinta y cinco. No puede ser, pensé... si llevo aquí ya un siglo... y me entretuve unos minutos ojeando un periódico.

Volví a mirar al hombre de negro. La misma inmovilidad. La misma sonrisa como esculpida en su rostro... En qué pensaría? Tal vez en su vida pasada?... Cuál sería su actividad?... Cuáles serían sus metas?... Cuáles sus ideales?...

Lo vi paseando por un gran parque acompañado de altos prelados, vestido de púrpura, arrogante en su elevada estatura y con la sonrisa, esa sonrisa, instalada en su joven y hermoso rostro...

Una enfermera pronunció mi nombre, y rompió en mil trozos la imaginada historia que estaba fabulando...
Luego, placas en diferentes posturas, sondeos electrónicos a mi atribulado cuore, una entrevista relámpago con el anestesista y bueno, todo listo por fin.

Antes de salir, eché una última mirada a la sala de espera. Y con la imagen de la sonrisa imperturbable del hombre alto de traje negro impecable y zapatones del cuarenta y cinco?... abandoné la clínica y me zambullí de nuevo en la neblina gris,
de una mañana de octubre.