
De tanto en tanto
el faro,
rastreaba su luz
por la cubierta.
Asomas la cabeza.
Compruebas
la soledad de la bodega
en sombras
y subes tanteando,
temeroso
de romper el silencio.
Saltas,
ganas la orilla a nado
y te internas en el cañaveral
que cobija tu miedo.
Y caminas.
Lejos ya el mar.
y mas lejos aún tu tierra,
tu choza-hogar,
tus amores,
los niños...
Se apresuran las nubes
en lo alto.
Como espejismo,
una ciudad lejana,
centellea.
Y sigues caminando
en cualquier dirección,
hacia cualquier destino,
disfrazando tu hambre
y tu cansancio
con ilusorios pensamientos.
De tanto en tanto el faro,
barría con su luz el firmamento.
*** *** Para Mario, por lo que hablamos.





