** Segunda parte.
En la casa de piedra con balcones de hierro, vivíamos mamá, la pequeña Nena y yo: Pablo, el hermano cuatro años mayor. Y el patio de piedras azules, la fuente, el prado y la pequeña estación, eran los principales escenarios de mis aventuras.
Frente a la casa, había un edificio de una planta, con una sola puerta de madera maciza. Un ventanuco, con gruesos barrotes de hierro, se abría en la misma puerta. Era la cárcel del pueblo, origen de muchos de mis fantasmas y miedos infantiles. Colgándonos de los barrotes, mis amigos y yo escudriñábamos el oscuro interior donde borrosamente podíamos percibir un camastro con un colchón, que hacía paja por todas partes y un tosco banco de madera. En algunas ocasiones, descubríamos algún hombre tirado en el camastro y entonces, nos invadía un miedo irrefrenable y corríamos para alejarnos de allí.
Aquel verano iba de prisa. Eran días pintados de colores brillantes. Eran baños en el arroyo, caza de ranas en los charcos, la trilla en las eras al atardecer. Eran noches de luna curiosa sobre nuestros juegos junto a la fuente, en nuestras charlas en los bancos de la estación.
De pronto un día todo cambió en el pueblo. Se hablaba de guerra y la tragedia fue transformando una existencia que hasta entonces había sido apacible y alegre.
Camisas azules, correajes brillantes y botas militares, se hicieron escena habitual en las calles. Rondaba el miedo, Un miedo que como un fantasma, se paseaba al anochecer sobre las casas de piedra, sobre las calles de barro.
La gente se olvidó de cantar y de reír y nosotros de jugar y de divertirnos. Nos dimos cuenta, sorprendidos, de que nuestra época feliz y de colores, se había interrumpido bruscamente. Nos prohibían alejarnos del grupo de casas, no podíamos ir al campo ni al arroyo. Acurrucados en los bancos de la estación, veíamos pasar trenes con vagones y vagones cargados de armas y de soldados que nos saludaban con caras de niños asustados. En el patio de la escuela, nos amontonábamos para hablar en voz baja de aviones, cañones y tanques. Y de los padres y hermanos que se llevaban para el frente.
Al anochecer, las calles quedaban desiertas. Tras el balcón, yo jugaba con mi hermana a ordenar mis chapas y canicas y miraba la puerta de la cárcel, que ahora me atraía y aterrorizaba aún mas. Y veía a hombres armados que encerraban a gente del pueblo o a forasteros que parecían muñecos de rostros blancos.
Mamá estaba muy triste. Nos abrazaba, nos miraba en silencio y suspiraba. En la merienda, el pan y el queso se repartía como un ritual, en lonchas casi transparentes. Pero mamá... Y ella volvía los ojos llenos de lágrimas.
Aquella noche, unos hombres uniformados se llevaron a Miguel. Miguel era el joven médico que teníamos en casa como huesped. Era como familia y sobre todo la pequeña Nena, lo adoraba.
Recuerdo el día que llegó. Lo esperábamos en la estación y cuando bajó del tren, quedamos asombrados, porque Miguel era muy, muy alto y allí, parado en el andén nos pareció un gigante de cuento. Se rió ante nuestro asombro, y levantó a mi boquiabierta hermana hasta su cara para darle un beso. Resultó encantador y de inmediato se creó entre nosotros una corriente afectiva, que mas tarde ni la muerte lograría romper.
Pero, por qué se lo llevan?... preguntó angustiada mi madre.
Tranquila, no pasará nada, ya verás, sonrió Miguel.
Fue la última vez que lo vimos sonreír. Quizá fue aquella su última sonrisa.
Esa noche, espié durante mucho tiempo la puerta de la cárcel tras las cortinas del balcón. Y de pronto lo vi, conducido por dos hombres armados. A la luz de la farola, pude descubrir su cara pálida , y como agachaba la cabeza y doblaba la espalda para poder entrar en el calabozo.
Corrí a decírselo a mi madre. Ella no durmió en toda la noche. Y yo muy poco. Entre sueños, la veía de pie, junto al balcón, con los ojos fijos en la puerta de la cárcel. Al amanecer vio como lo sacaban junto a otros hombres y los empujaban dentro de un coche cerrado que se perdió en la penumbra... Luego supimos que al llegar al bosque, los habían fusilado sin mas, y enterrado en una fosa común entre los árboles.
En tanto otoño discurría lento y triste. Y mi hermanita esperaba día tras día, que Miguel regresara.
Verdad que volverá cuando tenga hambre?
Y cada tarde me arrastraba de la mano hasta la estación, para esperar el tren de las seis.
Vendrá hoy?... Di, Pablo, vendrá?...
Ya no volverá, pequeña. Miguel está muerto.
Pero ella no se convencía. Y recorría con los ojos cada vagón, apretando en su mano el bocadillo, que solamente comía al regreso, cuando ya había comprobado que Miguel aún no debía tener hambre...
Y yo, que me sentía muy triste y muy mayor, buscaba la manera de explicarle que nuestro amigo no podía volver nunca. Y de hacerle comprender a mi modo, lo que significaba estar muerto.
Creo que tardé bastante tiempo en conseguirlo.
** fin